Preludio: pasó la enésima fecha del dizque apocalipsis, y todavía seguimos llenos de farsantes por doquier. Alfonso León, el
Arquitecto de Sueños de Venevisión, fue uno de tantos mitómanos de profesión que
hizo su agosto con las profecías inexistentes de una civilización mesoamericana (i.e., los mayas) cuyo interés en averiguar el porvenir estaba limitado a su propia gente. Tuve la ocasión de ver
su programa televisivo decembrino en el 2012 donde explicaba su “profundo entendimiento” en la materia; se notaba
a leguas que
no sabía ni jota de astronomía, historia, matemática, física...Él era (bueno, aún es) toda una oda a la ignorancia humana, todo un epítome zarrapastroso de los dogmas medievales, cuando no los de la Antigüedad.
Es comprensible, evidentemente, la idiosincrasia etrusca con sus compulsivos augurios, pues en esa época se sabía poco del universo, por lo cual brotaron, inevitablemente, esas divagaciones que terminaron construyendo su cosmología. Pero lo que no es comprensible es esa necedad de perpetuar el oscurantismo mediante el reciclaje de embustes ya desmentidos ad nauseam. Desde el 2000, el Armagedón se convirtió en un cliché espurio, en un vocablo sin valor. Es lamentable que en pleno Siglo XXI muchos sigan creyendo en el fin del mundo, y que muchos sigan estafando impunemente en base a este engaño.
No me sorprendería que dentro de poco saliera algún pastor evangélico anunciando “la segunda venida de Cristo”. Año tras año emerge la misma tramoya con las mismas patrañas y con el mismo público timado. Es en ese momento cuando los peligros de esas creencias (e.g., suicidios masivos) laten vigorosamente en detrimento de un agónico escepticismo.